“Soy maestra por amor a los niños”

menores de la Escuela Dios es Amor (El Edén)

A las seis y media de la mañana, con un frió que cala los huesos o bajo la lluvia y sobre un camino lodoso que lleva de Macuelizo a El Edén, a 230 kilómetros de Managua, la profesora Fátima del Rosario Ramos, emprende su camino a la Escuela Dios es Amor de la comunidad El Edén.

La profesora Ramos, ha tomado como misión llevar a ocho niños; siete mujeres y un varón a la escuela. Con ellos camina diario tres kilómetros para llegar a la escuela a eso de las siete y media de la mañana y al salir de clases hacen el mismo recorrido a la casa.

El camino a la escuela, son tres kilómetros de una cuesta empinada, con piedras barrosas, resbaladizas en tiempos de lluvia que en esa zona se extiende hasta por ocho meses.

El viento sopla fuertemente, lo que vuelve la caminata más pesada para los niños, por sus cuerpos flaquitos y pequeños, todos de entre cinco y siete años.

Aunque nadie le paga por eso, dice sentirse satisfecha de poder ayudar a las familias de los menores para que asistan a la escuela donde ella imparte clase a los tres niveles de preescolar.

“En invierno me duele porque los niños sólo llevan un plástico y a veces nada”, expresa Fátima, quien recibe una ayuda de 500 córdobas mensuales por dar clase en la escuela de El Edén, una comunidad muy pobre donde viven unas 20 familias dedicadas a las siembra de maíz y frijol y el corte de café en las zonas aledañas.

“Lo hago por amor a los niños y me gusta enseñar, porque me pagan una nada y tengo que hacer otros trabajos para mantener junto a mi esposo a cinco hijos”, expresa Ramos, una morena, mujer de 38 años, que viste sencilla.

Para ayudarse, cría gallinas tiene 32 pollos y seis gallinas. Cuando sus hijos necesitan un cuaderno o algo en la escuela vende una gallina para poder comprárselos.

En temporada de corte de café, que coincide con las vacaciones de la escuela, guarda los cuadernos, agarra su canasta y trabaja en los cortes de café para obtener dinero.

Cuenta que este año tuvo pérdida en el corte de café y sólo pudo ganarse 1,400 córdobas en nueve días de trabajo, porque el resto de la temporada no pudo cortar porque había capacitación del Ministerio de Educación para los profesores. “Hubiera ganado bastante, más de cinco mil córdobas y los perdí”, se lamenta.

Los escasos recursos económicos de que dispone, no le permitieron sostener el primer año de universidad de su hija. Con los ojos nublados, cuenta que apartaba todo su pago de profesora y cien córdobas más para pagar la universidad, pero le resultó insostenible, por los demás gastos que implica.

Su hija, sale al paso y expresa “sé que ella me quisiera ayudar más pero no puede”, Fátima agrega “Yo voy para la normal, voy a luchar para ser maestra profesional y le digo a ella que luche que sigamos adelante”.

Profesora rural, Fátima Ramos

Las palabras de Fátima tienen el pesó del énfasis que les imprime, pues es un ejemplo de lucha para su hija, se acaba de bachillerar en la secundaria sabatina para adultos que abrió el FSLN al llegar al poder y además de dar clases trabaja en labores agrícolas como las demás mujeres de la zona, que viven en condiciones de mucha pobreza.

Aquí, como maestra uno sabe lo difícil que es y muchos se sostienen por la comida que reciben en la escuela por parte del Ministerio de Educación y la organización Familia Padre Fabreto, nos cuenta.

“Hay niños que sólo comen lo que reciben en la escuela, porque hay familias que sólo comen guineos, hay que trabajar para no pasar solo de la escuela, pero a veces no hay trabajo”, reconoce Ramos.

En la zona rural, las condiciones de los maestros y de los trabajadores del Ministerio de Educación, distan mucho de la situación de las ciudades, donde el personal trabaja en oficinas, con aire acondicionado.

Gilberto López Alvarado, sabe con todas sus letras, lo que significa trabajar en las zonas rurales, tiene 28 años de recorrer diferentes caminos rurales, en su labor como director de núcleo educativo rural de varias escuelas.

Actualmente atiende siete escuelas de las comunidades: El Edén, Buena Vista, el Cipian, Quebrada Honda, Miramar, Las Victorias y Llorosa. Lo más difícil son las comunidades más vulnerables, las fronterizas, unas por la situación de los caminos intransitables, porque la lluvia ha dañado los caminos, eso afecta y las partes del río que se tiene que pasar a caballo, nos cuenta.

Lo conocimos, en las Sabanas, donde hacíamos un trabajo sobre otro tema y nos pidió llevarle dos arrobas de abono a El Edén, para no sobrecargar, a su caballo en los cinco siete kilómetros hasta El Edén.

Es licenciado en Ciencias Sociales, tiene un diplomado de director y otro diplomado de psicología, pero también siembra maíz y frijoles, para ayudarse en la casa y poder sostener la universidad de su hijo mayor que estudia inglés.

Para realizar su trabajo, pone sus medios propios, o a veces el programa” Yo si puedo seguir”, o Primera Infancia de niños de 0 a tres años, coordinan para prestar la moto. Las comunidades más difíciles son: las Victorias, Oruse, El Edén, indica.

Como parte de su trabajo le corresponde brindar asesoría pedagógica, capacitaciones a los maestros con los gobiernos estudiantiles; atención a los alumnos con mayores problemas, círculos de calidad con los maestros, con Familia Fabreto, capacitación a los maestros en estrategia metodológica, ellos brindan material y charlas a los jóvenes y adolescentes, en relación a la prevención de la violencia y las drogas.

Indicó que el problema social más sentido es el licor sobre todo. Muy poco drogas de otro tipo y se trata de distraer a los jóvenes en ligas, equipos para evitar que se metan a esos problemas.

López, dice que puede decir con propiedad que ahora los niños desertan menos de la escuela por el Programa Alimentario ( PIN ) del Ministerio de Educación que tiene cinco alimentos, nutricionales; maíz, frijoles, arroz, cereal y aceite, a niños de preescolar hasta sexto grado y el complemento de Fabreto con pollo, azúcar, arroz, leche para el niño.

“Los programas han ayudado mucho en la retención escolar y el rendimiento escolar y en desarrollo nutricional, eso se mira en las escuelas”, indica López, que atiende siete centros escolares rurales.

López, es un hombre, muy afable, tiene 48 años, calza de botas de hule, lleva una gorra para protegerse del sol, y nos cuenta que además se dedica a la agricultura, los sábados y los domingos. Vive en la comunidad El Cipian y siembra tres manzanas de café y dos de maíz, para complemento de la familia y vender a otras personas.

Gilberto López, Director de núcleo rural MED

Tiene cuatro hijos, tres en primaria y secundaria y el mayor estudia en la UNAN, Somoto. Su esposa se dedica a los trabajos del hogar y atiende los trabajos agrícolas, los días de semana que el sale a trabajar desde las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde.

Recorre a caballo, 19 kilómetros, trece kilómetros, doce kilómetros a cada comunidad. Carga su comida, que es lo básico, “arrocito, frijoles, a veces cuajada y cuando llego a la casa a veces pollo indio, porque es el que tiene más vitaminas, el Pollo Estrella y Tip Top, son productos que se desarrollan en un periodo muy corto, y lo que se consume ahí es químico”, explica López.

Refiere que en las charlas que imparte a los estudiantes y maestros, les explica la calidad de los alimentos y la importancia de consumir los producidos de la zona.

“En la escuela se dan charlas a los niños, para que no coman alimentos chatarras, porque ese es un proceso que llega del extranjero y dañan el cuerpo, hay campañas de cómo hacer producir lo mejor en el hogar, las gallinas, los huertos, en el mercado se compran tomates con químicos y aquí son orgánicos, para tratar de evitar las enfermedades”, indica.

Sin embargo, lamenta que en las zonas rurales, la gente no pueda tener sus huertos por falta de dinero. “La gente sólo produce con el invierno, porque no tiene para comprar las mangueras, para sembrar hortalizas. Es difícil comprar una manguera, por eso se habla de los julios, porque las cosechas que producen en noviembre y diciembre son pocas y para ese mes se va terminando el maíz y el frijol y la mayor parte de la población se queda sin alimento y casi no hay trabajo”.

“Los julios son duros y para sobrevivir se ayudan entre unos y otros, lo que llamamos el cambio de mano, por ejemplo, yo le ayudo a otro muchacho hoy y mañana me ayuda a mi otros días y así se saca el trabajo, con los insumos hay que hacer convenio con algunas personas que tienen dinero, para luego pagarlo con la cosecha, pero así se sale perdiendo, pero no hay otra alternativa. Así solo es para sobrevivir, no es suficiente, los que más sufren son los niños, por eso mucha gente se va del país”, refiere.

López dice que el programa bono productivo, usura cero, las becas para los muchachos, los préstamos del gobierno y todo eso ha ayudado bastante, porque las mujeres han mejorado su situación por ejemplo, las pulperías, las panaderías, sastrerías, la gente tiene algo de que sobrevivir.